20/09/07
MUJER… UN CUENTO, ERÓTICO?
Julia, hermosa mujer aunque entrada en carnes, estaba tomando un baño de agua tibia en la tina de su departamento. Tres mujeres más hacían lo mismo en sus respectivos baños en los tres pisos contiguos del condominio en donde ella vivía.
Julia estaba recostada, con los ojos cerrados aunque sin dormir, relajada, descansando sumergida en el agua. Aun así sus hermosos senos, desnudos y carnosos, sobresalían erguidos sobre el agua. Ella era una mujer madura de aproximadamente 50 años, a quien el tiempo no había aun vencido las sinuosas líneas de su talle y caderas, en realidad estas se mantenían firmes y lozanas gracias al voluptuoso carácter que escondía bajo el manto de una apacible mujer de hogar.
Madre de dos hijas, quienes ya habían dejado el seno familiar el verano pasado por los estudios universitarios.
Hacía varios años que ella había superado la crisis de la menopausia, y ahora en la intimidad de su alcoba, o de cualquier lugar de la casa, gozaba de gloriosos encuentros sexuales con su marido en cuando se les antojaba. Por fin tenían la privacidad necesaria para hacer realidad todas sus fantasías sexuales sin la “Bendición” del embarazo, ni el uso de los incómodos anticonceptivos, de cualquier clase. En cierta manera se podría decir que la pareja, bajo la batuta de Julia, vivía su segunda luna de miel.
A ella siempre le gustó revolcarse entrelazada con su amante y cabalgar sobre él, como en una competencia de rodeo, en el momento culminante. A ella siempre le gustó gritar en la proximidad y durante el orgasmo. Pero tuvo que reprimirse durante años por la presencia de sus hijas en la casa. Quejarse, gemir y hasta decir obscenidades durante el coito fue una escondida necesidad que quedaron presas en su alma durante mucho tiempo… hasta el día en que sus hijas se marcharon.
Julia no había podido controlar su libido de mujer ardiente y sintió vergüenza de sentirse húmeda aquel día cuando, abrazado de su marido, despedían a sus “niñas” desde la puerta de su hogar. Sí, sus niñas, como siempre las llamó aun cuando ya tenían 17 y 18.
Una mañana, muy temprano, casi al romper el alba había fornicado con la vehemencia usual de su dorada edad le permitía. Desde hacía un buen tiempo no era su marido quien le hacía el amor, sino todo lo contrario, era ella la que ahora acosaba a su marido si descanso, quien, debido a las circunstancias, a las justas podía cumplir. Y ahora, sola en el departamento, gozaba del relajante baño tibio, mientras se deleitaba tocando los mordiscos recibidos en su cuerpo... Continúa.
El presente trabajo literario es parte mi nuevo libro “PURO CUENTO”. Por favor visitar:
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